Queridas hermanas y hermanos en Nuestro Padre Santo Domingo,
Es una verdad común, especialmente presente en la Biblia:

“Todo lo que existe necesita momentos de renovación para sobrevivir” – incluidos nosotros, los seres humanos. En la historia, y en la experiencia de la humanidad, están previstos momentos regulares de renovación, de nueva creación, que pueden presentarse dentro de una semana, un mes, un año, un siglo; una oportunidad de renovación física, agraria, una revitalización social y espiritual. Son esos 'tiempos santos' donde podemos recuperar la integridad de la creación, la totalidad de nuestra vida religiosa en todas sus dimensiones, con respecto a nosotros mismos, así como en la sociedad y, como fuente de todo eso, nuestra relación con Dios.
También las ramas de nuestra Orden necesitan momentos de revitalización para liberar la totalidad de nuestra predicación y reavivar la llama de la visión original de Sto. Domingo. La “novena de años de jubileo”, celebrada en nuestra Familia Dominicana, podría ser una oportunidad de renovación para nuestra Orden en todas sus ramas, de acuerdo con su origen. Comenzó ya hace dos años en memoria del ochocientos aniversario de la fundación del monasterio de Prulla y continuará hasta el año 2016, 800 años después de la confirmación oficial de la Orden de Predicadores por el Papa Honorio III.
Estos nueve años podrían ser una oportunidad de renovación también para la parte más numerosa de nuestra Orden, las Laicas y Laicos Dominicos. No hay cuatro antorchas diferentes, ardientes separadas, más bien una; una sola llama que se derrama en diferentes lenguas de fuego. El símbolo de la antorcha ardiente es muy familiar para nosotros, miembros de la Familia Dominicana, tomado del famoso sueño de la madre de Santo Domingo estando embarazada de él. Pero, ¿qué significa realmente eso en nuestros días, 'estar embarazados' de nuestras visiones al predicar la Gracia de Dios?
Esta novena de años será una oportunidad para encender de nuevo la llama de nuestra vocación. La antorcha que está en la boca del famoso perro dominicano, nos recuerda obviamente la comparación de las palabras de Jesús cuando se dirige a sus amigos: “¡Ustedes son la luz del mundo!... Brille así su luz ante los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos!” (Mt 5,14.16). San Pablo, en su primera carta a los Corintios, formuló esa consecuencia natural exclamando: “¡Ay de mí si no predico el evangelio!” (1 Cor, 9,16) La luz de la Gracia que recibimos debe brillar y no ser puesta debajo de una vasija. ¡Ay de nosotros si no predicamos el evangelio!” – en esa pequeña variación la exclamación de San Pablo es también el lema de nuestros años dominicos de novena dedicados a la renovación de nuestra vocación común.
Cuando escuchamos con atención las palabras de Jesús, descubrimos una diferencia, - un tanto oculta, pero importante -, que está presente en estas dos frases. Jesús dice: ¡Brille, así, vuestra luz…! , pero no dice ¡Deben ser la luz del mundo! pero ¡Ustedes son...!. Es una cualidad natural y obvia de la luz, el 'debe', ser aplicado a la luz, de brillar, no a un esfuerzo adicional, como un segundo trabajo. Así los/las dominicos/as no deberíamos considerar nuestra predicación como un trabajo suplementario, un peso depositado en nuestros hombros, además de nuestras obligaciones con la familia, la profesión laboral, la sociedad y la iglesia. Reavivar la llama de la antorcha de Santo Domingo como ¡Lumen Ecclesiae!, como ¡Luz en la Iglesia!, debería concentrarse en esta pregunta: ¿Cómo renovar la llama de nuestra vocación? La segunda será una consecuencia: ¿Cómo puede la luz que viene de Jesucristo, nuestro Señor, ser reflejada por nosotros/as, para que brille más eficientemente ante nuestros contemporáneos? Vivir la tradición hoy significa – usando la parábola bíblica – : ¡Mantener la llama ardiente, y no administrar las cenizas!
Santo Domingo – Predicador de la GraciaDentro de la comisión que fue escogida para preparar los respectivos temas para los años de jubileo sugerimos dedicar este año 2009 a la persona de nuestro fundador él mismo y su misión esencial: ¡Santo Domingo – Predicador de la Gracia! ¿Qué podría significar ese lema para nuestras comunidades laicas dentro de la Orden de Predicadores? Palabras que son muy utilizadas a menudo pierden su brillo y llegan a estar vacías, como las vainas sin semillas. Es el peligro de palabras piadosas e importantes que son demasiado familiares a nosotros. Por otro lado, “Gracia”, la Gracia de Dios a nosotros, es una palabra central de la Biblia, para ser encontrada allí casi 200 veces. ¡Es la calidad esencial de Dios! Sería muy provechoso y efectivo que deletreáramos a través de esa palabra de la Biblia, juntos ahora. El tiempo limitado no permite eso, desafortunadamente. Yo no oso contestarlo entrando en detalles para Ustedes. Qué puedo tratar aquí y en este momento es el de estar junto a Ustedes en algunos de sus colores espectrales. ¡Cada región, subregión, provincia o vicariato, cada fraternidad o grupo, cada uno/a de Ustedes puede considerar lo que eso podría significar para Ustedes, llegando a ser predicadores/as de Gracia en su sociedad e iglesia, en sus condiciones concretas de la vida! ¿Cómo podemos predicar la Gracia de Dios hoy, para que pueda ser comprendida realmente? Permítanme tratar siete traducciones de la palabra “Gracia” – según los siete colores espectrales principales de la luz, reflejados en el arco iris:
Gracia = ¡Dios te ama incondicionalmente!